La prisión de la moda

Desde tiempos muy remotos, los cánones de belleza y las modas han condicionado al hombre y a la mujer. Se podría decir que incluso en la prehistoria ya existían los cánones de belleza, aunque estos no se acercan ni de lejos a los que tenemos hoy día. En esos tiempos, la mujer era bella y atractiva si se veía gorda y estéril, con grandes pechos y caderas. Se entendía que una mujer escuálida no podría traer tantos hijos al mundo como una obesa. La Venus de Willendorf, estatua de la prehistoria, muestra este tipo de mujer.

La industria de la moda y de la belleza nos muestra unos prototipos según sus expectativas, que nosotros, de una forma u otra, adaptamos a veces sin darnos cuenta y en ocasiones, por pura obligación. Los patrones de belleza que imponen estas empresas millonarias han creado, entre otros problemas, una gran prisión donde nadie puede escapar de sus celdas.

Ya en el antiguo Egipto surgió la explosión de la belleza corporal, y los cánones de imagen predeterminados con sus peinados, maquillajes, estilismos, etc. tanto en el hombre como en la mujer.

En la Grecia y Roma clásicas podemos contemplar, por sus estatuas y sus imágenes, que los cánones de belleza no difieren mucho de lo que tenemos en la actualidad, si bien a la mujer se la muestra algo menos delgada que hoy día a las modelos de grandes firmas, al hombre se le detallan los músculos; lo único que podría ser distinto es el peinado.

En la Edad Media el ideal de belleza era el que tomaba como ejemplo a las ninfas y los caballeros. Al contrario de lo que se estila ahora, donde la mujer es más bonita cuanto más morena sea (o se ponga), en esta época lo ideal era tener la piel muy clara. Esto indicaba la pureza de la persona. Los hombres debían ser delgados y esbeltos; el pelo largo indicaba fuerza y libertad y las manos debían ser grandes para hacer justicia al verdadero canon de belleza.

Durante la época del Renacimiento, la imagen ideal retrocedió hasta el mundo clásico incorporando algunos matices del momento. Todo se basa en la proporción y en la armonía.

La mujer ideal poseía la piel clara y una larga cabellera rubia. Sus ojos debían ser grandes y cristalinos, de hombros y cintura estrecha y caderas redondeadas. Los senos debían ser pequeños y firmes y el cuello largo y delgado.
El hombre debía ser fuerte pero atlético, de mandíbula fuerte, cabello largo y cejas pobladas. Asimismo, las figuras que representan la imagen del hombre en el Renacimiento son imberbes (lo que podríamos comparar con el hombre de la actualidad y su obsesión por no tener vello ninguno en el cuerpo).

El Barroco fue una época donde tanto el arte como la belleza se recargaron de una forma exagerada. La mujer barroca debía ser más ancha que la del Renacimiento con pechos grandes, cadera ancha y cintura estrecha. La piel de la mujer hermosa debía ser blanca y vestían con corsés, encajes y zapatos de tacón. El hombre barroco se mostraba con mucho pelo, la piel muy blanca (a veces con maquillaje) y las mejillas sonrosadas. El uso de pelucas se hizo habitual tanto en el hombre como en la mujer y se abusaba del maquillaje, los perfumes, las joyas…

Durante el siglo XVIII se hizo popular entre el sexo femenino el uso del miriñaque (estructura que se llevaba bajo la falda para aumentar el volumen de la misma). El auge de la moda francesa hizo que fuera habitual el uso del corsé para diferenciar a las mujeres de diferente clase social, aunque con la Revolución Francesa se elimina el uso de ambos accesorios y se potencia el uso de ropas que exaltaban la figura femenina sin reducir ni ampliar ninguna parte de su cuerpo.

El siglo XIX trajo de nuevo la moda del miriñaque pero también la exaltación de los muslos, las caderas y las nalgas de la mujer.
En el proceso de Revolución Industrial los medios de comunicación evolucionaron, motivo por el cual se facilitó la difusión de los valores estéticos. En esta etapa de la historia la mujer utilizaba corsés para realzar el pecho y estrechar la cintura (aquí comienza la moda de la talla de avispa). Se comenzó a utilizar el polisón (armadura parecida al miriñaque que, atada a la cintura, abultaba los vestidos por detrás) para realzar las nalgas.

Poco a poco, las faldas se van estrechando hasta las rodillas dejando ver el verdadero cuerpo de la mujer. La delgadez comienza a ser un factor importante en el canon de belleza femenino.

Solo a partir del siglo XX se empiezan a ver las piernas, comenzando con faldas que dejan al aire los tobillos (al principio, la mujer que llevaba los tobillos al aire era la más atrevida y en sus comienzos, la peor vista). Con los años la falda corta y la falda pantalón invaden las tiendas. La mujer comienza a ser más libre.

Durante todos estos siglos la mujer se ha visionado como objeto de deseo del hombre cuya misión más importante era cazar marido, tener hijos y criarlos, llevar la casa adelante y complacer sexualmente a su esposo. A medida que nos acercamos a siglo XX, la figura de la mujer se acerca a la del hombre pero no deja de estar en una escala social y política más baja.

Los cánones de belleza han influenciado a la humanidad tanto que en la actualidad, existe una verdadera obsesión por verse hermoso o hermosa. Enfermedades como la anorexia han nacido a raíz de estos patrones de imagen y la obsesión por la eterna juventud ha hecho de la estética, una de las mayores y más millonarias industrias del mundo, gracias a la cirugía y los tratamientos para ‘mejorar’ el aspecto de las personas.

Aunque sea difícil de creer y absolutamente escandaloso, nadie escapa de la industria de la moda. Ni siquiera el más radical está fuera de sus garras. Normalmente se utiliza la palabra ‘moda’ para definir a las tendencias que marcan en grandes pasarelas las firmas más famosas, pero esto no es más que una pequeña parte.

Existen numerosas tribus urbanas que dicen o creen ser diferentes, pero si lo pensamos bien, son fácilmente distinguibles porque siguen sus propios patrones de belleza (otra moda más). Este detalle los aleja de lo radical. Al fin y al cabo, se visten en base a un canon de belleza. Es el caso de los neo-hippies (como se llaman ahora a los que en algo se parecen a los hippies de los 60’s), los rockeros, los punkarras, los emo, los góticos… Nadie es más original que nadie, ya que todos se basan en unos prototipos para verse más bellos o más radicales. Fijaos, hace diez años apenas se veían personas con las orejas dilatadas; ahora es raro el neo-hippie que no las lleve.

Asimismo, la moda puede darse sin necesidad de ver las pasarelas de París, en pueblos y ciudades pequeñas y a reducida escala. Por ejemplo: en un pueblo vecino, muchos hombres se visten para bodas y comuniones con colores brillantes y llamativos como el rojo, el verde limón o el amarillo. Entre las adolescentes, ahora se lleva pintarse las uñas de un color, y dejar una de cada mano para pintarla de otro, generalmente un tono más claro o más oscuro… De dónde salen estas modas no lo sé (probablemente sea de alguna famosilla como Miley Cyrus o cualquiera que se le parezca), pero soy de la opinión de que en la diversidad está la belleza.

Es bueno que existan las modas, cuantas más mejor, porque lo divertido está en coger de ellas lo que pueda gustarte y hacer un estilo propio que te diferencie del resto… Que la diversidad hace al mundo un lugar más divertido, ¡es una verdad como un templo! El desastre viene cuando se imponen los estilos. Por ejemplo, si la moda es llevar pantalones de campana, resulta difícil encontrar unos de tubo normales. Cuando se llevan los pantalones de pitillo, cuesta la misma vida comprar unos de campana, y así con todo… Llegados a este punto es cuando realmente, los que nos vestimos como nos gusta, estemos a la moda o no, tenemos un problema…

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